Una de las mayores virtudes de la Equinoterapia -y motivo fundamental de su gran crecimiento alrededor del mundo- radica en los beneficios que presenta frente a cualquier tipo de trastorno físico, mental o emocional y, además, al escaso tiempo que transcurre hasta que comienzan a verse los resultados.

En este sentido, la Equinoterapia es una disciplina muy recomendable para niños con trastornos de conducta (hiperactividad, ansiedad, violencia…), para aquellos que vivieron un trauma, para niños dentro del espectro autista, etc. Ofrece una serie de recursos y tratamientos que, llevados a cabo por un equipo interdisciplinario profesional por medio del caballo y su entorno, puede ofrecer resultados llamativos en poco tiempo. La clave de estos resultados proviene de la relación -el vínculo- que se establece con el caballo.

Los niños que experimentaron un trauma, son autistas, o tienen algún trastorno de su conducta, tienen dificultades para confiar y construir una buena relación con otras personas (amigos en la escuela, con la autoridad, familiares, etc). La Equinoterapia introduce a un caballo en el entorno terapéutico, para ayudar a construir una buena relación entre el terapeuta y el niño. A través de la equinoterapia, los niños aprenden a leer señales no verbales y a emitirlas (ya que habitualmente suelen mostrar dificultades para verbalizar sus deseos). Es un método terapéutico ideal para abordar la autoestima y la confianza personal, la comunicación y efectividad interpersonal, la confianza, fijación de límites y cohesión grupal.

No hace falta que aprendan a montar un caballo: la equinoterapia va mucho más allá. El objetivo es lograr el control emocional y del comportamiento. El vínculo niño-caballo puede desarrollar las siguientes cualidades: confianza mutua, respeto, afecto, empatía, aceptación incondicional, confianza, éxito personal, responsabilidad, asertividad, habilidades de comunicación y autocontrol. Este vínculo también puede ayudar al niño a unirse incondicionalmente con otro ser vivo (quizás por primera vez), y descubrirse a sí mismo como alguien fuerte, seguro y capaz.

El caballo refleja cómo se siente el niño en cada momento. Funciona como un gran espejo (un espejo sutil, delicado, dulce y amoroso). Por eso, un niño puede aprender y comprender mejor cómo sus emociones y conductas afectan a los demás y a sí mismos. Esto puede ayudar al niño a aprender sobre la exploración personal cuando experimenta emociones fuertes y cómo esas emociones afectan al caballo. A su vez, las tareas o ejercicios que una vez fueron difíciles para el niño con el caballo se vuelven más fáciles y divertidas. Así el niño descubre una nueva manera de relacionarse con otros, mientras va creciendo.

La equinoterapia ofrece además algunos condimentos que terminan marcando la diferencia. Primero, el lomo del caballo se presenta como una “configuración móvil terapéutica” que sostiene al paciente física y simbólicamente. En segundo lugar, el entorno natural único en el que se produce esta terapia puede generar gran atracción, esparcimiento, relajación y estimulación, que potencia la relación y la confianza. En tercer lugar, la aceptación y la falta de juicio del caballo pueden contribuir a que el niño tenga la sensación de estar protegido, en un lugar seguro.

Cuando una madre demuestra el amor que tiene a su hijo, lo que está haciendo es dándole el mensaje de que ella está sincronizada con las emociones del niño. Que lo comprende, que está a su lado, codo a codo. El caballo tiene una habilidad innata, por su instinto biológico, de recibir y leer las reacciones emocionales, conductuales y físicas del niño con el que está estableciendo un vínculo. Y lo hace, como la madre, sin juzgar, sin realizar acciones o mostrar reacciones conflictivas o inesperadas para el niño. 

Al observar cómo reacciona el caballo ante él, el niño es capaz de comprender cómo ambos se ven afectados por el comportamiento y las interacciones de los demás. Esta cualidad, potenciada y canalizada por los terapeutas, aumenta significativamente la sensibilidad interpersonal de los niños y su capacidad de respuesta a las señales de los “otros”.

 

Fuente: St. Catherine University